jueves, 5 de febrero de 2009

DEJAR, ES AMAR

Son los primeros días del año, en Alemania, estoy acurrucada en un sillón (aprovechando que los nietos duermen la siesta), mientras afuera está helando y todo resplandece con la nieve. Nada tan delicioso como leer un buen libro. Repaso “Con razón lo llaman Salvador”, de Max Lucado y el capítulo “Dejar es amar” me pareció sencillamente maravilloso y quisiera compartirles algunos párrafos y concluir el texto con mi vivencia aquí, en la vida hogareña y normal de los misioneros.

“Ninguna afirmación es tan abrumadora o que causa miedo como aquella de Mat. 19:29 “Y cualquiera que haya dejado casas o hermanos o hermanas o padre o madre o mujer o hijos o tierras, por mi nombre, recibirá cien veces más y heredará la vida eterna.”

La parte de dejar tierras y campos yo la puedo entender. Es la otra parte la que me causa confusión. Es la parte de dejar padre y madre; decir adiós a hermanas y hermanos; provocar un beso de despedida en un hijo o hija.

Es fácil relacionar el seguir a Cristo con la pobreza o la deshonra pública, pero ¿dejar mi familia? ¿Por qué tengo que dejar aquellos que amo?

“Mujer, he ahí tu hijo” María más vieja ahora, las arrugas han reemplazado su joven piel y sus manos están callosas. Ella ha levantado una casa llena de niños. Y ahora contempla resignada la crucifixión de su primogénito.

Uno se pregunta qué memorias ella tiene en su mente mientras contempla esa tortura.

Recuerda cuando un día su hijo se quita su bolsa de clavos, con una última mirada dijo adiós a su madre. Los dos sabían que nunca sería igual otra vez. En esa última mirada compartieron un secreto, María aprendió ese día el dolor de corazón que viene de decir “adiós”. De allí en adelante ella iba a amar a su hijo a la distancia, en el extremo de una multitud, afuera de una casa llena de gente o en la orilla del mar. Tal vez ella estaba allí, mirándolo de lejos…

En verdad parece que adiós es una palabra demasiado recurrente en el vocabulario cristiano, los misioneros la conocen bien. Aquellos que los envían también. Todos ellos conocen la palabra ¡Adiós!

Aeropuertos, equipajes, abrazos….. “Hazle señas a la abuela! Lágrimas, terminales de buses ¡Adiós papito! Gargantas apretadas. Controladores de boletos, ojos empañados “Escríbanme!”

Pregunta: ¿Qué clase de Dios pondría a la gente por esta agonía? ¿Qué clase de Dios le daría a usted una familia y luego le pediría que la dejara? ¿Qué clase de Dios le daría amigos y luego le pediría que les dijera adiós?

Respuesta: Un Dios que sabe que el amor más profundo se edifica no en la pasión ni en el romance, sino en la misión común y en el sacrificio.

Respuesta: Un Dios que sabe que somos solamente peregrinos y que la eternidad está tan cerca y que sabe que cualquier “adiós” es en verdad “hasta mañana”.

Respuesta: Un Dios que lo hizo El mismo.

“Mujer, he aquí tu hijo” Juan puso su brazo alrededor de María. Jesús le estaba pidiendo ser el hijo que una madre necesita y que en muchas maneras El no pudo ser.

Jesús miró a María. El dolor de su rostro provenía de uno mucho más grande que el de los clavos y espinas. En sus silenciosas miradas ellos una vez más compartieron un secreto. Y El dijo “adiós”.

Max Lucado. Pág 33-35

Hasta aquí Max Lucado.

No puedo dejar de pensar en todos los misioneros que salieron del Centro Cristiano. Algunos rodeados de parientes. Otros de ninguno. Abuelos que no podían concebir la idea de arrastrar a los nietos al infortunio.

Testimonio es de nuestros hijos Iván y Emi cuando ya pasó mas de una década, salieron con todos sus bienes materiales ...entraban en dos valijas. Dios los recompensó cien veces más, o mil, les dio un pueblo al que aman y los aman. Son honrados, respetados. Tienen abundancia de todo bien.

Es verdad que se pierden momentos especiales de familia. Es verdad, que en los cumpleaños, fiestas o dias significativos, como María “amamos a la distancia, a lo lejos los vemos atender a otros y ministrar a otra gente”, pensando lo bien que nos vendría tenerlos en nuestra congregación, serían muy útiles...pero un dia los dejamos ir aceptando la buena voluntad de Dios y como María recibió a Juan por hijo supliendo asi la necesidad familiar, el Señor nos rodea con hijos espirituales y nuestro corazón se ensancha mas y mas, por medio de ellos Dios nos cuida. Y a nuestro alrededor corren muchos niñitos que los adoptamos como nietos. Nunca estaremos solos. Nunca estarán solos-

Es verdad que no hay romance sino la obediencia a una misión y al sacrificio.

Es verdad que Dios es fiel a su palabra. Su recompensa es infinita aún en este lado de la eternidad. La he palpado a cada instante-

Es verdad que dejar, es amar. Amar a Dios por sobre todas las cosas, en forma visible y práctica demostrar que El es Soberano.

Autor: Lidia L. de Masalyka

Enero 2009